Cultura, política y currículum.
GENTILI, Pablo (comp.); Losada. Buenos Aires. 1997.
Capítulo 1. Educación, identidad y papas fritas baratas.
(Apple, M.)
El autor comienza contándonos una experiencia personal como
pie inicial para hablarnos sobre la relación que hay entre un objeto
manufacturado o procesado (en este caso las papas fritas), que es la corporificación
concreta del trabajo humano y de las relaciones sociales productivas y
destructivas que resultan de él (mano de obra barata, gente despojada de sus tierras,
etc).
Debido a la imposibilidad de registrar a los niños en las áreas
periféricas a la ciudad, ya que el gobierno no reconocía la legitimidad de los
mismos desalentando de esta manera a que más gente se mudara a las periferias,
hacia imposible que se generara no solo escuelas, sino la infraestructura
necesaria para que vivan. Si no existen (en los papeles), no hay necesidades.
El autor nos comenta que este relato es la manera mas poderosa que tiene de
recordar la importancia de considerar a la escuela de una forma relacional, de
verla en conexión, con las relaciones de dominación y explotación de la
sociedad en un sentid amplio.
El tema de las papas fritas brinda un ejemplo extremadamente
importante sobre la política del sentido común y sobre las intersecciones entre
las políticas de clase, la “blanquedad”, la raza, el colonialismo y el
neocolonialismo.
Nuestra sociedad está estructurada de tal forma que los
significados dominantes (provenientes de los sectores hegemónicos) tienen más
posibilidad de circular, de modo tal que estos son considerados como significados
“legítimos” (mientras que otros son silenciados), en consecuencia, solo ciertas
formas de comprender el mundo se vuelven “conocimiento oficial”
La producción de cultura es un proceso social, y puede
circular únicamente si están relacionados con el sistema social hegemónico, ya
que todo sistema social necesita un sistema cultural de significación que sirva
para mantenerlo, para desestabilizarlo o hacerlo mas receptivo al cambio. Por ende,
cultura y significados son inherentemente políticos. Están involucrados en la distribución
y redistribución de las formas de poder social.
En consecuencia, el conocimiento nunca es neutro, (nunca
existe una relación empírica y objetiva con lo real). Conocimiento es poder y
la circulación del mismo es parte de la distribución social del poder.
Con esto en mente es menester pensar a que grupos pertenecen
las “conocimientos” puestos en circulación, por que uno no sabe nada al
respecto, y cuál es nuestra propia ubicación en un sistema internacional de
relaciones económicas que producen esas relaciones.
Estos discursos universalizantes no solo suponen un silencio
voluntario o no del mundo no-europeo, no-occidental, sino también entre lo que
el autor denomina “países del centro” y “países de la periferia”, entendiéndose
a los primeros como aquellos que tienen un cierto poder económico, ciudades, y a
los segundos como aquellos que son marginados, que viven en las periferias de los
primeros.
Esta invisibilidad está profundamente construida en nuestras
comprensiones del sentido común de la vida cotidiana.
Estas relaciones de las cuales ciertos grupos obtienen ventajas
son dependientes de esas relaciones históricas que se repiten a lo largo de la
historia, y difícilmente estén presentes en el conocimiento oficial del currículo
escolar. Esto da una idea de la importancia de aquello que no es enseñado en
las escuelas y de aquello que forma parte del corpus del conocimiento
considerado “legitimo”.
El autor busca que discutamos sobre la supuesta naturaleza de
“nuestro” sentido común. Que pensemos críticamente
lo social, que reconozcamos que vivimos inmersos en procesos de dominación y subordinación
que son muy ocultos.