jueves, 25 de abril de 2019




 Cultura, política y currículum. 

GENTILI, Pablo (comp.); Losada. Buenos Aires. 1997. 


Capítulo 1. Educación, identidad y papas fritas baratas.

(Apple, M.)


El autor comienza contándonos una experiencia personal como pie inicial para hablarnos sobre la relación que hay entre un objeto manufacturado o procesado (en este caso las papas fritas), que es la corporificación concreta del trabajo humano y de las relaciones sociales productivas y destructivas que resultan de él (mano de obra barata, gente despojada de sus tierras, etc).
Debido a la imposibilidad de registrar a los niños en las áreas periféricas a la ciudad, ya que el gobierno no reconocía la legitimidad de los mismos desalentando de esta manera a que más gente se mudara a las periferias, hacia imposible que se generara no solo escuelas, sino la infraestructura necesaria para que vivan. Si no existen (en los papeles), no hay necesidades. El autor nos comenta que este relato es la manera mas poderosa que tiene de recordar la importancia de considerar a la escuela de una forma relacional, de verla en conexión, con las relaciones de dominación y explotación de la sociedad en un sentid amplio.
El tema de las papas fritas brinda un ejemplo extremadamente importante sobre la política del sentido común y sobre las intersecciones entre las políticas de clase, la “blanquedad”, la raza, el colonialismo y el neocolonialismo.  
Nuestra sociedad está estructurada de tal forma que los significados dominantes (provenientes de los sectores hegemónicos) tienen más posibilidad de circular, de modo tal que estos son considerados como significados “legítimos” (mientras que otros son silenciados), en consecuencia, solo ciertas formas de comprender el mundo se vuelven “conocimiento oficial”
La producción de cultura es un proceso social, y puede circular únicamente si están relacionados con el sistema social hegemónico, ya que todo sistema social necesita un sistema cultural de significación que sirva para mantenerlo, para desestabilizarlo o hacerlo mas receptivo al cambio. Por ende, cultura y significados son inherentemente políticos. Están involucrados en la distribución y redistribución de las formas de poder social.
En consecuencia, el conocimiento nunca es neutro, (nunca existe una relación empírica y objetiva con lo real). Conocimiento es poder y la circulación del mismo es parte de la distribución social del poder.
Con esto en mente es menester pensar a que grupos pertenecen las “conocimientos” puestos en circulación, por que uno no sabe nada al respecto, y cuál es nuestra propia ubicación en un sistema internacional de relaciones económicas que producen esas relaciones.
Estos discursos universalizantes no solo suponen un silencio voluntario o no del mundo no-europeo, no-occidental, sino también entre lo que el autor denomina “países del centro” y “países de la periferia”, entendiéndose a los primeros como aquellos que tienen un cierto poder económico, ciudades, y a los segundos como aquellos que son marginados, que viven en las periferias de los primeros.
Esta invisibilidad está profundamente construida en nuestras comprensiones del sentido común de la vida cotidiana.
Estas relaciones de las cuales ciertos grupos obtienen ventajas son dependientes de esas relaciones históricas que se repiten a lo largo de la historia, y difícilmente estén presentes en el conocimiento oficial del currículo escolar. Esto da una idea de la importancia de aquello que no es enseñado en las escuelas y de aquello que forma parte del corpus del conocimiento considerado “legitimo”.
El autor busca que discutamos sobre la supuesta naturaleza de “nuestro” sentido común.  Que pensemos críticamente lo social, que reconozcamos que vivimos inmersos en procesos de dominación y subordinación que son muy ocultos.